A t r i l e s
Autores Varios

La potencia vital de la imaginación: sobre Épica
Iván Rocha
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María Baranda, Épica, México, uas, 2025
En algún momento, Gastón Bache- lard escribió que el agua es una rea- lidad poética completa: hay, en la imaginación material del agua, una dialéctica que integra movimien- to y calma, sonido y silencio, vida y muerte. Estas dualidades dan lugar a una fuerza imaginativa que regresa a los elementos fundamentales para potenciar la carga vital de aquello que se dice (de aquello que se escribe). El agua, el mar, pero también el viento, el reino vegetal, la tierra y su faceta aérea, el polvo, son símbolos poderosos recurrentes en la obra de la poeta mexicana María Baranda (1962), quien, a través de una escri- tura colmada de lirismo, nos brinda una poesía que otorga una dignidad plena a nuestra capacidad de crear imágenes desbordadas de sentido; imágenes que, en el marco de su obra, navegan entre cadencias y músicas como un oleaje musical que se desprende de una poética sólida, firme, abierta a las posibilidades, a los hallazgos y los deslumbramientos de la imaginación.
Editorial UAS abrió el año 2026 fortaleciendo su acervo con la publicación de Épica, una recopilación de cuatro libros medulares en la trayectoria poética de María Baranda: Dylan y las ballenas (libro con el que la autora obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 2003), Ávido mundo (2005), Ficticia (2006) y Un hervidero de pájaros marinos (2015). Quienes se lancen a la lectura de Épica, encontrarán una voz poética de temprana madurez, con un dominio íntegro de los recursos métricos del verso castellano clásico, pero con una fuerza conceptual y una claridad visual que propician un justo equilibrio entre el trabajo arquitectónico del poema y el impulso de actos imaginativos que dibujan y configuran mundos, escenarios, texturas, paisajes dotados de sentido.
En Dylan y las ballenas, Baranda abre un resquicio entre el tótem literario (el poeta Dylan Thomas) y la necesidad de reencuentro por parte de aquella voz lírica que se pierde entre el denso mar de lo imaginario. Encontramos, pues, una poética que interroga, que indaga sobre la identidad y sus matices, sobre la (im)posible singularidad, y sobre la vida, imaginándola como ese país al que siempre se regresa, una vez que se ha resuelto, al menos de manera parcial, el conflicto inscrito en aquel yo que duda de sí y de las cosas a su alrededor. El diálogo, en el poema, se da entre el fantasma de Dylan Thomas y la voz lírica que construye un escenario rico en imágenes, escenario en el cual la ballena se manifiesta como un símbolo de la vida, siempre ineludible:
Tú te resistes a que la virtud exista.
Permaneces al filo de la edad
donde hay una habitación inédita.
No entiendes el silencio.
Tu forma de lealtad es tender una sábana
entre la muerte y el agua.
Afuera las ballenas parecen lágrimas sobre la breve calavera de la vida.
En Ávido mundo, Baranda abre un espacio liminal entre lo humano y el mundo, entre el recuerdo y lo presen- te. En ese espacio se inscribe el poema. Una vez más, la voz lírica pregunta, cuestiona, dialoga con fantasmas que se desprenden de los ramajes que crecen a lo largo de las frases. El fantasma medular es ahora la madre, figura que aparece desde el poema que abre el libro. El símbolo de la madre es el medium que articula la reconfiguración memoriosa del universo material, profundamente metafórico, que se re- crea en cada verso, los cuales gozan de una economía verbal bien planteada y un ritmo propicio para potenciar la carga vital de cada poema:
Y a la orilla de un cielo concebido
en la respiración del viento, vimos
el vuelo presuroso de nuestras sombras,
aquellas parcelas de pan y lodo donde
[dijimos
por vez primera la palabra mundo.
En Ficticia, las voces del sueño anticipan naufragios: en el horizonte, asoma la muerte con todas sus metáforas, pero, al mismo tiempo, y siguiendo la dialéctica característica de su poesía, es la misma voz del sueño la que funda territorios (marítimos) sobre los cuales es posible arrojar el ancla; territorios donde la historia siempre comienza con la luna y un cielo desolado; donde la vida sigue bullendo, emocionante; donde todos (lectores incluidos) somos Robinson:
El mar, ahora, quiere bordar su nombre
en la retacería celeste. Quiere.
Sólo falta el punto sobre la página que
[hará la tierra.
Y que en el puerto arda la palabra
como un suburbio de nuestra vida. Falta
En Un hervidero de pájaros mari- nos, el yo lírico toca el fondo de su pro- pio ser. En esa profundidad existen nuevas posibilidades de enunciación, nuevas aberturas para el lenguaje. Es la palabra poética quien levanta vuelo y llega a las playas de la imaginación para iniciar, de nuevo, la travesía épica hacia la imposible identidad, sobrevolando mundos terribles, des- garrados; mundos suscritos a una desolación confrontada, de manera directa, por el pulso y la voluntad del poema:
Miedo. Miedo de no ser, no estar
donde se puede ser una o varias cosas
[a la vez
(el ser siempre cayéndose a pedazos):
soy nadie
y cabalgo en el agua lenta de sus mares,
soy padre
y exprimo las naranjas frescas como
[el aire,
soy mosca
y muero cada día como la suave carne
mientras de pie envejezco ante los platos.
Épica es un libro, pero también podría ser una desembocadura don- de se reúnen los caudales poéticos escritos por María Baranda. Esta novedad que ofrece la Editorial UAS celebra la obra de una escritora que nos permite refundar los mitos que dan forma a nuestros propios mares, a los oleajes donde navegan las imágenes que nos permiten decir, nombrar, cantar las cosas del mundo con la dignidad plena de la poesía. Épica es una fiesta alrededor del agitado mar que se vive, se piensa y se vislumbra en ese espacio liminal donde surgen los paisajes interiores; Épica es un canto a la potencia vital de la imaginación.
Entre santos, diablos y tenanchis
Ana Denisse Torres Sotelo
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Olga Beatriz García Rodríguez, Entre santos, diablos y tenanchis, México, uas, 2024
Escribir sobre religiosidad popular requiere un equilibrio entre el res- peto por las tradiciones y el análisis cultural. Entre santos, diablos y te- nanchis, de Olga García Rodríguez, nos sumerge en el vibrante y complejo universo de la religiosidad popular de Tacuichamona, Sinaloa, as- pecto nunca antes contemplado de forma tan detallada y minuciosa en el ámbito académico. Lejos de ser un tratado dogmático y rígido, este libro es un viaje por las calles, los altares domésticos y las fiestas patrona- les donde la fe se vive con el cuerpo, el baile y la música.
Al relatar los fenómenos que re- configuran la vida religiosa en la comunidad, la narrativa trasciende el dato duro para nutrirse del testimonio directo de sus habitantes. Son ellos quienes, en su afán por pre- servar tradiciones y legar rituales acordes a su cosmovisión, dotan de sentido a este relato. El valor de este trabajo reside en un compromiso etnográfico genuino: tiempo, dedicación y constancia que permitieron a la autora capturar la esencia del sincretismo. El resultado es una explicación magistral de cómo las raíces indígenas y la herencia colonial se entrelazan de forma inseparable en el México actual.
El libro se articula de manera coherente en tres apartados funda- mentales que permiten una comprensión integral de la región:
Primer apartado: etnografía de San Francisco de Tacuichamona. Análisis profundo de las condiciones actuales del pueblo, abarcando sus antecedentes históricos y sus dimensiones económicas, políticas y geográficas. Resulta particularmente valioso cómo integra elementos de la vida cotidiana —como la formación de noviazgos, matrimonios y la dinámica de los núcleos familiares—, factores indispensables para entender el trasfondo cultural donde se asienta la fe de sus habitantes (predominantemente católica y apostólica).
Segundo apartado: prácticas y creencias de la religiosidad popular. Este bloque se centra en las manifestaciones públicas del catolicismo popular. Se analizan los espacios sagrados, el templo y el ciclo de festividades, incluyendo ritos de paso y la veneración a figuras centrales, como san Francisco de Asís y la Virgen de Guadalupe, además de la relevancia del Día de Muertos.
Tercer apartado: la Semana Santa como sello distintivo. Dedicado exclusivamente a la celebración cumbre de la comunidad, este capítulo examina las continuidades y transformaciones del ritual. Aquí se des- taca el sentido de lealtad y deber de los pobladores, quienes mantienen vivas las tradiciones a través de figuras clave como los cofrades, fariseos,diablos, tenanchis y otros rituales especialistas.
Esta obra transforma la percepción de las festividades religiosas en Tacuichamona. A través de una ruta metodológica rigurosa y un uso acertado de la historia oral, García Rodríguez demuestra que el compromiso ético es el pilar de la antropología social. Su capacidad para articular una descripción densa con interpretaciones holísticas permite descifrar los fenómenos socioculturales de la comunidad con una claridad excepcional. Además, este trabajo posiciona a Tacuichamona en el mapa del conocimiento científico, abriendo vetas de investigación futuras sobre como los procesos se tranversalizan en un contexto local.
Su estilo es accesible pero pro- fundo, lo que permite que tanto el lector curioso como el estudioso de la antropología encuentren valor en sus páginas. No juzga las creencias, sino que las documenta como una forma de resistencia cultural y de cohesión comunitaria.
Entre santos, diablos y tenanchis es una lectura esencial para entender que la religión en nuestro contexto es mucho más que instituciones; es un organismo vivo que respira a través de sus símbolos, prácticas y su gente. Es un homenaje a quienes mantienen encendida la llama de la identidad popular en el noroeste del país.
Salir del bosque
León Cartagena
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Iliana Olmedo, Salir del bosque, México, uas, 2025
La obra Salir del bosque, escrita por Iliana Olmedo (1975), doctora en Filosofía por la Universidad Autónoma de Barcelona y narradora galardonada en múltiples ocasiones en géneros como la novela y el cuento, representa una aportación significativa a la literatura infantil y juvenil contemporánea en México. Aunque su trayectoria se ha distinguido por un estilo cuidado, de resonancias poéticas y reflexiones profundas, en esta novela, Olmedo elige un registro cercano, juguetón y altamente simbólico que dialoga con lectores jóvenes sin renunciar a una mirada crítica sobre el mundo que habitan. La autora parece comprender que, para hablarle a la infancia, no basta con simplificar el lenguaje; es necesario, más bien, refinar la sensibilidad.
Olmedo nos presenta a Jonás —y el eco bíblico del nombre no es gratuito—, un niño que vive rodeado de los elementos comunes que conforman el universo cotidiano de muchos lecto- res: una madre cariñosa, un padre que procura mantener todo en orden y un hermano mayor cuya presencia suele estar atravesada por la típica mezcla de afecto, competencia y desdén fraternal. Jonás es, en apariencia, un niño como cualquier otro; sin embargo, su mundo interior está lleno de preguntas, temores y fantasías que la autora explora con notable sutileza. Como el personaje del que se dice que fue tragado por una ballena, Jonás también es arrojado a un espacio simbólico que lo confronta con aquello que no comprende del todo: la soledad, el miedo, la autonomía y la necesidad
—siempre desafiante— de crecer.
La trama, en su núcleo más evidente, gira en torno a un recorrido. Jonás debe llegar a tiempo a su práctica de futbol, una actividad que, además de entusiasmarlo, parece representar para él un espacio de pertenencia y reafirmación personal. Para hacerlo, se enfrenta a un dilema: tomar el camino habitual, más largo pero seguro, o atravesar un parque cercano a su casa. Ese parque —un bosque en miniatura— siempre le ha provocado cierta inquietud, una mezcla de fascinación y temor, pues lo percibe como un territorio incierto, lleno de sombras, animales y sonidos difíciles de clasificar. Sin embargo, la urgencia lo impulsa a tomar una decisión que, aunque aparentemente trivial, desencadena una serie de sucesos que transformarán su manera de ver el mundo.
El «bosque», en este caso, funciona como un escenario simbólico pro- fundamente rico. Desde la tradición literaria, el bosque ha representado aquel espacio liminal donde ocurre la transición: un lugar que obliga al personaje a entrar en contacto con partes desconocidas de sí mismo. Olmedo aprovecha esta tradición y la adapta a un contexto cotidiano y urbano sin restarle su fuerza mítica. Para Jonás, cruzar el parque no es simplemente acortar camino; es atravesar un umbral. La autora pare- ce sugerir que toda infancia, tarde o temprano, debe enfrentarse con un bosque, sea este real o metafórico.
Una vez dentro, Jonás se encuentra con una serie de criaturas fantásticas que, sin perder su carácter lúdico, funcionan también como mediadores pedagógicos. Estos seres — animales parlantes, entidades sabias y guardianes insospechados del par- que— acompañan al protagonista en su recorrido, no solo para indicarle cómo llegar a su destino, sino para transmitirle una mirada distinta sobre la vida: la importancia del respeto por la naturaleza, la necesidad de escuchar antes de actuar, el valor del compañerismo y, sobre todo, el reconocimiento de que cada experiencia
—incluso las más desconcertantes— tiene algo que enseñarnos.
Cada encuentro representa una pequeña lección, nunca impuesta de manera moralizante. Olmedo evita el tono sermoneador y opta por una pedagogía narrativa basada en el asombro. Esta elección resulta fundamental para conectar con lectores infantiles, quienes suelen rechazar los discursos que les hablan desde la superioridad adulta. En Salir del bosque, las enseñanzas emergen de las acciones del propio Jonás: de sus errores, de su curiosidad, de su de- seo de comprender el mundo que lo rodea. Es precisamente esa autonomía creciente, esa invitación a re- flexionar desde la experiencia, lo que dota a la novela de una profundidad que trasciende su aparente sencillez. Además, los habitantes fantásticos del bosque funcionan como un espejo de las relaciones que Jonás mantiene en su vida cotidiana. A través de ellos, el protagonista revalora a sus padres, sus amigos e incluso a su hermano mayor —ese «gruñón» que, en el fondo, también es parte esencial de su configuración afectiva—. Olmedo parece sugerir que, al alejarse momentáneamente del hogar y al enfrentar un entorno desconocido, Jonás adquiere una perspectiva más amplia sobre aquello que lo espera al regresar. Esta dinámica de distanciamiento y retorno conecta con modelos míticos del viaje del héroe, adaptados aquí con sensibilidad al mundo infantil.
El ritmo narrativo de la nove- la mantiene un equilibrio atractivo entre aventura, humor y reflexión. La descripción del bosque y de sus criaturas es precisa sin perder la magia; el lenguaje es accesible pero no simplificado; y la voz narrativa se sostiene con un tono cálido que invita a continuar la lectura. Los lectores infantiles encontrarán emoción y sorpresa en cada capítulo, mientras que los adultos —padres, docentes o mediadores de lectura— hallarán guiños filosóficos y estructurales que enriquecen la obra. Es, en cierto sentido, una novela que crece junto con quien la lee.
La edición, publicada por Edito- rial UAS, está orientada principal- mente a niños de primaria alta, un grupo de lectores en un momento crucial para consolidar sus hábitos de lectura autónoma. La extensión, el tipo de letra, las ilustraciones y el ritmo general del libro responden a esta intención: no abruman, pero sí desafían lo suficiente para estimular la imaginación y el pensamiento crítico. Resulta una lectura idónea tanto para el aula como para el hogar, especialmente para promover discusiones sobre el miedo, el valor, el respeto por la naturaleza y la convivencia.
Un aspecto relevante de la obra es su apuesta por representar el bosque como un espacio vivo, complejo y digno de cuidado. En tiempos en que la relación de niños y jóvenes con la naturaleza suele estar media- da por pantallas, la novela propone una reconexión que, sin moralizar, invita a mirar el entorno con ojos más atentos. La fauna fantástica que habita el parque no solo cumple un rol narrativo, sino que transmite la idea de que cada espacio natural es un ecosistema lleno de voces, historias y memorias. Para lectores jóvenes, esta representación puede convertirse en una puerta de entrada hacia una conciencia ecológica más sensible y responsable.
Salir del bosque es, en esencia, una historia sobre el crecimiento emocional. Aunque el viaje de Jonás parece breve —apenas el trayecto hacia las canchas de futbol—, su simbolismo es profundo: el tránsito del miedo a la confianza, de la desorientación a la comprensión, de una infancia dependiente a la infancia que se atreve a explorar. Al cerrar el libro, el lector tiene la sensación de haber acompañado a Jonás en un viaje que, aunque mágico, resuena en experiencias propias: todos hemos tenido un bosque que cruzar, todos hemos sentido miedo de lo desconocido y todos hemos descubierto, en algún momento inesperado, que somos más valientes de lo que creíamos.
Esta novela con una prosa equilibrada, personajes bien trazados y un simbolismo accesible, es entrañable y memorable. Iliana Olmedo logra construir un relato que dialoga con varios niveles de lectura y que de- muestra, una vez más, que la litera- tura infantil y juvenil puede ser un campo fértil para explorar emociones profundas sin perder el encanto de la aventura. Es una obra recomen- dable no solo para lectores jóvenes, sino también para docentes de educación física, literatura o artes que buscan materiales que fomenten la reflexión, el fortalecimiento emocional y la imaginación narrativa. En sus páginas, el protagonista nos recuerda que la valentía no consiste en no tener miedo, sino en avanzar a pesar de él. Y que, a veces, para encontrar el camino en el mundo, es necesario entrar primero en uno mismo.
Pasarse de lanza con un Calibre.38:
Andamos armados
Juan Andrés Márquez Zatarain
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Héctor Arreola, Andamos armados, México, uas, 2025
En el prólogo a Las mujeres del alba (2010), novela póstuma de Car- los Montemayor sobre la guerrilla chihuahuense, Paco Ignacio Taibo II refiere un diálogo con el autor parralense sobre el alcance que poseen los norteños mexicanos para reconocer- se con los rasgos identitarios —principalmente los bélicos— que definieron a la cultura de la antigua Grecia:
«Fue entonces cuando me contaste tu teoría de por qué los chihuahuenses o los coahuileños, o los norteños de Durango o Sonora no han tenido problemas para apropiarse de la cultura helénica. “Estás ahí sentado a la puerta del rancho —decías — y ves pasar una vaca. ¡Zaz!, te la apropias. Y luego ves pasar a lo lejos un ejército de hombres sudorosos con armas de bronce, que apenas brillan en el sol que se acaba, y zaz, te los apropias. Y te encuentras de repente con que la Ilíada y la Odisea son tuyas”».
De ahí a que aparezcan —casi hermanadas— la película Troya (2004) con la serie Narcos: México (2018-2021) en la barra de sugerencias de Netflix: correlato de nuestras épicas de con- sumo diario, además de un invasivo capricho del algoritmo. Aun siendo la de entre griegos y norteños una analogía temeraria de suscribir, es innegable que la historia del México septentrional ha estado marcada por ese clima perpetuo de violencia: desde las incursiones de apaches en territorio chihuahuense a mediados del siglo XIX (narrado con maestría —a través de la óptica de los mercenarios norteamericanos— en Meridiano de sangre (1985), de Cormac McCarthy), hasta las huellas que dejan en la sociedad sinaloense las pugnas entre capos del narcotráfico, materia narrativa de las novelas policiacas de Élmer Mendoza. Es cuando la literatura entra a dar voz a aquellos individuos que padecen esa violencia y también a aquellos que la ejecutan en su entorno más próximo. Esa temeridad discursiva —el diálogo con la violencia y sus embates cotidianos— se encuentra latente en los diez relatos que se reúnen en el libro Andamos armados (2025), de Héctor Arreola (Chihuahua, Chihuahua, 1983), publicado por la Universidad Autónoma de Sinaloa (UAS). Desde un estilo que guarda vasos comunicantes con la tradición de la narrativa policiaca anglosajona, Arreola nos ofrece diversos cuadros de la sociedad chihuahuense, siempre en tensión con la violencia imperante. Los personajes de los cuentos de Andamos armados son entes marginales: aparecen criminales del lumpen, de los barrios populares, entre actividades que incluyen el robo y el asesinato, cuyos móviles son tan arbitrarios y salvajes
como su catadura moral.
Así actúan el Topo y el Pocho, la pareja de sicarios que protagoniza el cuento «Pasarse de lanza», donde se narra su búsqueda sin tregua, por las desoladas colonias de la periferia de la ciudad, con el fin de localizar a los culpables del asesinato de una joven estudiante. El narrador atraviesa la geografía urbana con un claro matiz de desencanto: «El paisaje tenía el aspecto desolado de una película zombi. El asfalto se confundía entre la tierra que lo cubría. […] Aquel fraccionamiento fue publicitado por su constructora como un paraíso suburbano. […] Pero justo como los hebreos que huyeron de Egipto en busca de la tierra prometida, se encontraron con que el paraíso era un desierto en los márgenes del municipio, más cerca del planeta de los simios que del centro de Chihuahua».
Del mismo modo que Arreola ofrece en sus narraciones a individuos extraviados en la atmósfera de la criminalidad urbana, también perfila con acierto a personajes que pertenecen a las fuerzas de la ley: investigadores privados y policías que actúan no siempre con integridad profesional en sus pesquisas y averiguaciones. Esta ambigüedad moral que evidencian los detectives de Arreola se corresponde con la condición ineficiente del sistema judicial en que se mueven. Por ejemplo, en el relato «Con olor a muer- te», el detective Heraclio Arismendi, al ser contratado por vía privada por un luchador al que le asesinaron a su novia, reflexiona sobre las dificultades que entorpecen su profesión cuando se atraviesan intereses superiores que no puede eludir debido la jerarquía de la estructura policiaca: «No es el primer caso al que te ordenan darle carpetazo y tampoco será el último. Es parte del jale y lo sabes. […] Las cosas son como son y es mejor no moverle y seguirle el juego a los de arriba. Así se sobrevive. No estorbándole a los poderosos». En «Desaparecida», el ex-policía Santos Mondragón se topa con la investigación de un crimen cuya re- solución lo conduce a tomar la justicia por mano propia. Algo similar sucede con «Calibre .38», el relato con el que se abre el libro; describe también la preparación de un crimen: el leitmotiv se va esclareciendo conforme el protagonista Clemente, ciudadano cuasi anónimo, asume el papel de justiciero silencioso de un homicidio que lo afecta en su entorno más cercano. «Otra atribución de Dios era el perdón de los pecados, pero también su contra- parte: el castigo. Si el arma le otorgaba un carácter divino, al menos temporalmente, significaba que también le permitía castigar a los pecadores. Y el hombre que había matado era el más grande pecador que jamás conoció, por lo tanto era su deber castigarlo», reflexiona el narrador a través de la conciencia de Clemente.
Así, la narrativa de Héctor Arreo- la en su libro Andamos armados confronta directamente al lector con esa necesidad de justicia que va construyéndose por métodos poco ortodoxos, sin acudir a las vías de resolución burocráticas y tediosas del sistema penal mexicano, en un norte apático y desértico como el de Chihuahua. Tal como lo apunta el poeta juarense Jorge Humberto Chávez: «Canta la ciudad en su negro color / y en su hueco grande y hondo sólo se escucha el rumor de la palabra». Es la palabra armada de bronce que se apropia del dolor de su violencia.
A fuego lento. Historia de la cultura alimentaria en Sinaloa, siglos XVI al XX
Gilberto López Castillo
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Sandra Luz Gaxiola Valdovinos, A fuego lento, historia de la cultura alimentaria en Sinaloa,siglos xvi al xx, México, uas, 2025
La obra de Sandra Luz Gaxiola Valdovinos es una importante contribución historiográfica que se ubica en el campo de la historia de la cultura alimentaria. Se trata de un tema que trasciende el mero interés por aspectos de la cultura material (como la producción y el abastecimiento de alimentos o su valor en el mercado, que, si bien aparecen en esta historia, no son el elemento central), ya que la autora busca profundizar en temas que trascienden la economía, para adentrarse en el terreno las formas de hacer, las prácticas y las costumbres de la cultura alimentaria sinaloense, un tema que recién comienza a ser atendido por la academia.
El libro ofrece una vista de tiempo largo: su contenido escapa al campo de análisis de alguien que se dedique a momentos históricos específicos (como puede ser la época colonial, el siglo XIX, el Porfiriato, la Revolución o la historia del siglo XX), ya que recorre los distintos momentos históricos y nos va ilustrando a partir de las fuentes disponibles, combinando testimonios primarios y secundarios.
El texto se divide en dos partes, que integran un total de cinco capítulos. La primera, llamada «Historia natural y cultura material: donde los objetos se cruzan con las prácticas», está compuesta por tres capítulos; y la segunda parte, «Sabores culturales: prácticas, hábitos y formas de comer», con los siguientes dos capítulos. Así, Gaxiola Valdovinos tiene oportunidad de ir desarrollando los conceptos que guían la investigación, a la vez que logra expresar a partir de información empírica y demás fuentes sus hallazgos puntuales.
La investigación inicia con la alimentación en el Sinaloa prehispánico. La recopilación de la información y su presentación sistemática nos muestra que el territorio de la franja costera y la serranía tuvieron sus particularidades, pero que en general el hambre no era la regla, sino que ―al contrario― los pueblos originarios de Sinaloa pudieron disponer de una gama de productos que provenían de un notable desarrollo de la agricultura y la pesca, así como de otras actividades, como la caza, la recolección e incluso el comercio con las regiones vecinas.
Sandra Luz Gaxiola Valdovinos utiliza fuentes de la época, donde destacan crónicas de la Conquista e informes de clérigos seculares y je- suitas, complementados con los estudios realizados por arqueólogos y antropólogos estadounidenses en torno a la mitad del siglo XX, destacando la Colección Iberoamericana, posteriormente publicada por Siglo XXI Editores: Carl Sauer, Donald Brand, Gordon Ekholm, Isabel Kelly y Ralph Beals, nutren esta historia.
Los resultados nos muestran des- de el desarrollo agrícola en las tierras ribereñas, con sus llanuras de inundación, hasta el aprovechamiento de los valles intramontanos y faldas de la sierra. Los productos de la agricultura descritos por Beals ―y recuperados por la autora del libro― identifican los patrones de alimentación de los pueblos originarios de Sinaloa y el noroeste, al destacar que estos pueblos desarrollaron y practicaron la agricultura de cultivos básicos (maíz, frijol y calabaza) y que lo que varió fue el grado en el que dependieron de ella para la subsistencia. También se destaca la importancia de la cacería y la pesca.
La descripción de Gaxiola Valdovinos realiza sobre la situación en Chametla nos hace evocar un territorio ribereño de importancia agropecuaria don- de, desde tiempos antiguos, la pesca y la producción de sal han sido un sello de identidad. Además de practicar la agricultura ―nos dice la autora― los totorames eran un pueblo costero, y la explotación de las marismas, las salinas y la pesca, fueron actividades que brindaron alimentos (como pes- cados, camarones, ostiones y otros moluscos) que complementaban la dieta. Otras actividades de las que se obtenían provisiones eran la caza y la recolección de frutos silvestres (principalmente maguey), de los que se hacían diversos productos, desde conservas y pulque hasta fibras para tejidos.
No podría faltar en un estudio como este el tema de la antropofagia, sobre el que se sustentaron argumentos como los de Andrés Pérez de Ribas para calificar a algunos pueblos originarios de Sinaloa como «las gentes más fieras y bárbaras del orbe». (Tradicionalmente se ha señalado que los acaxees ―un grupo poblacional que se localizó en las vertientes de la Sierra Madre Occidental, al oriente de San Miguel de Culiacán y en las cercanías de las Once Mil Vírgenes de Cosalá― practicaban esta extrema costumbre). La obra realiza una descripción cruda, aunque probablemente realista, del procedimiento de guerra, captura de enemigos, preparación, cocción, in- gesta y deshecho de los restos óseos. Para Gaxiola, este tipo de manifestaciones se inscriben en una concepción ritual de la muerte del enemigo, una práctica de antropofagia ritual y no propiamente de canibalismo como forma de subsistencia, coincidiendo así con investigadores contemporáneos como el arqueólogo Luis Alfonso Grave Tirado, uno de los especialistas en los grupos serranos del centro y sur de Sinaloa prehispánico.
Uno de los momentos clave en la narración de esta historia refiere la llegada de los españoles y la Conquista, y la forma en que estos trajeron infinidad de productos que impactaron los patrones de alimentación de los pueblos originarios. Como se ha mencionado, en estas tierras había una variada tradición alimentaria, sin embargo, los conquistadores aportaron nuevos esquemas alimenticios, propagando frutas y verduras de sus regiones de origen y a través de la reproducción de ganado bovino, porcino, cabrío y de aves de corral.
Debemos destacar, por ejemplo, que en Sinaloa se dio una temprana presencia de ganado, ya que este llegó en las distintas expediciones de conquista: desde Nuño de Guzmán en 1531, Francisco Vázquez de Coronado en 1540, Francisco de Ibarra en 1654 y las distintas expediciones de los gobernadores de la Nueva Vizcaya a finales del siglo XVI.
Así, esta obra, en conjunto, se erige como un primer referente para una historia de la cultura alimentaria en Sinaloa, fruto de una línea de investigación sobre la que la autora fortalece su perfil y sobre la que seguramente continúa trabajando. Los temas que destacan en los distintos capítulos nos muestran que una nueva lectura podrá enfatizar problemas historiográficos que en su momento pasaron desapercibidos.
Por todos estos motivos, A fuego lento, historia de la cultura alimentaria en Sinaloa, siglos XVI al XX, pone la muestra de cómo abordar con éxito nuevos problemas historiográficos, a la vez que abre nuevas rutas en la investigación histórica.