Revista de la Universidad Autónoma de Sinaloa

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¿Estamos listos?

María Julia Hidalgo

Imagen del artículo: ¿Estamos listos?

¿Quién debe escribir y hacer divulgación científica? Esa es una discusión vieja cuando ahora el gran tema es, o son, los alcances de la llamada inteligencia artificial (IA). De entrada, un término controvertido y cuestionado por uno de los pensadores vivos más influyentes y el octavo autor de la historia más citado, Noam Chomsky, que dice: «La mente humana no es una máquina estadística como Chat- GPT y otras de su tipo… entonces, dejemos de llamarla ‘inteligencia artificial’ y llamémosla por lo que es, un ‘software de plagio’, porque no crea nada, sino que copia obras existentes de artistas existentes y las cambia de tal manera que puedan escapar a los derechos de autor».

Ante tal complejidad, conviene ―ahora más que nunca― seguir la sugerencia de Fernando Savater cuando le preguntaron sobre el uso indiscriminado del internet: «Se requiere una mayor educación para saber navegar en internet, de lo contrario solo estaremos perdiendo el tiempo». No sé si, frente a este tema, volveremos a afirmar que todo es cíclico y que se requiere una alfabetización digital, del mismo modo en que en su momento fue necesario aprender a leer y comprender los libros, y no limitarse a una alfabetización meramente funcional. Ahora también nos encontramos en un momento crucial, y cualquier lectura nos enfrenta a una pregunta inevitable: ¿quién controlará la IA? Para abordarla, conviene hacer un breve repaso histórico de la discusión en torno a otra cuestión clave: ¿quién debe escribir y hacer divulgación científica?

Debe escribir sobre estos temas quien lo haga mejor. No importa si es científico o no; un periodista científico puede hacer un excelente trabajo de divulgación de la ciencia aunque no sea académico o investigador.

Hay científicos que sostienen que nadie que no haga ciencia debería escribir sobre ella; por otro lado, existen divulgadores que afirman que a los científicos —acostumbrados a escribir para sus pares— les resulta difícil abandonar ese rigor y pensar en un público distinto, en una audiencia más general, así como plantearse la pregunta «¿quién me va a leer?», una preocupación central para el periodista.

Indudablemente, han existido casos excepciona- les en los que quien genera el conocimiento es también quien mejor lo comunica. Un ejemplo emblemático es el del astrónomo y divulgador científico Carl Sagan, a quien muchos recordamos por la célebre serie de televisión Cosmos, escrita y presentada por él mismo. Sagan afirmaba que cuando uno está enamorado de algo, siente el impulso de contarlo a todo el mundo; por ello, le parecía aberrante que los científicos no se interesaran en hablar de ciencia al público en general.

Esta idea invita a reflexionar sobre la posición de supremacía en la que a veces se colocan ciertos intelectuales productores de conocimiento, con la intención —como en siglos pasados— de mantener el saber al alcance de unos cuantos. Pensemos en el poeta francés Stéphane Mallarmé, de quien se decía que escribía deliberadamente para ser comprendido por muy pocos; la dificultad extrema de sus poemas parecía reafirmar la noción de que sus alturas literarias no estaban destinadas al vulgo.

Frente a estas posturas poco solidarias, hay quienes sostienen que el conocimiento es un bien común que debería estar al alcance de todos. En este grupo se encuentra la científica mexicana y destacada divulgadora de la ciencia Julieta Fierro, quien relató en una entrevista que su principal motivación era encontrar la manera de explicar su trabajo para que su hermano menor, que tenía síndrome de Down, pudiera comprenderlo. Al parecer, él fue una de sus mayores inspiraciones para explicar los fenómenos astronómicos de forma sencilla y lúdica. Fierro, física y astrónoma, falleció en septiembre pasado y se supo también que la dislexia la acompañó a lo largo de toda su vida.

Así como puede resultar difícil para el científico desprenderse de su propio saber y ponerse en el lugar de otros para responder preguntas como si los sentimientos son exclusivos de los seres humanos, por qué envejecemos, qué es la conciencia y cómo se genera, o qué nos hace humanos, estas y otras interrogantes existenciales han alimentado discusiones filosóficas durante siglos. Sin duda, la pregunta sigue siendo la base del razonamiento.

En ese sentido, cabe cuestionar si llamar inteligencia artificial a una herramienta que nació como una simulación de la inteligencia humana no implica, en realidad, un cambio conceptual: ¿estaríamos hablando ya de otra forma de inteligencia? Sobre todo ahora, cuando se ha dado un salto tecnológico gigantesco en muy poco tiempo, la pregunta resulta inevitable: ¿es humana la inteligencia artificial?

Aunque la tecnología de la inteligencia artificial surgió en 1956, no fue sino hasta hace poco más de tres años cuando su expansión se volvió masiva y accesible al público general. Desde la aparición de herramientas como ChatGPT y los sistemas de creación de imágenes, hasta su uso actual en la consulta de información y, sobre todo, como instrumento de trabajo capaz de generar textos, realizar tareas, escribir libros, doblar voces, crear música, traducir idiomas o diseñar espacios, la IA ha ampliado de manera acelerada sus aplicaciones.

Esta creciente automatización ha sustituido con rapidez diversas actividades humanas y, hasta ahora, se desconoce cuál será su impacto a largo plazo. Como ha ocurrido con otras tecnologías a lo largo de la historia, no es la herramienta en sí la que determina sus efectos, sino el uso que decidamos darle, ya sea a favor o en contra.

Si bien la inteligencia artificial nació con el propósito de simular la inteligencia biológica y apoyar al ser humano en determinadas tareas —no de reemplazarlo—, hoy existen múltiples ejemplos que indican lo contrario. En algunas redacciones de Inglaterra y Estados Unidos, reportajes y artículos de opinión ya son escritos con ayuda de IA; en las pantallas, presentadores de noticias han sido sustituidos por avatares, y existe incluso una actriz con nombre, apellido y seguidores que no es humana, sino un personaje creado íntegramente mediante inteligencia artificial.

Hace más de cincuenta años, Stanley Kubrick planteó en 2001: odisea del espacio un dilema que sigue vigente: si la máquina podría llegar a adquirir vida propia y desconocer a su creador. Medio siglo después, las preguntas persisten: ¿la máquina llegará a ser humana?, ¿tomará decisiones por sí misma?, ¿tendrá sentimientos?

Si en algún momento nos sorprendimos al reconocer en la vida cotidiana escenas propias de Los Supersónicos —autos voladores, videollamadas, hogares inteligentes, aspiradoras robóticas—, después llegaron los asistentes virtuales, los drones con múltiples usos, los taxis y automóviles autónomos. Antes incluso habíamos sido testigos de la clonación de mamíferos, como la oveja Dolly, de la manipulación genética para mejorar cultivos; y de la geolocalización mediante GPS. Todas estas tecnologías han sido desarrolladas con fines similares: curar enfermedades, disminuir el hambre, prevenir catástrofes, comprender los fenómenos del mundo y, en última instancia, mejorar la condición humana.
 
Así, lograr un avance o una contribución al conocimiento científico no necesariamente va de la mano con el uso que se haga de ese conocimiento una vez que se libera al mundo. El manejo ético continúa siendo el gran dilema. Una y otra vez, además, resurgen propuestas estéticas que nos recuerdan su implicaciones. El hermoso monstruo Frankenstein, en la versión de Guillermo del Toro, remite a la novela original de Mary Shelley, publicada en 1818 y considerada una de las primeras obras de ciencia ficción, donde ya se planteaban los peligros de la ambición desmedida, los dilemas éticos y los límites de la creación humana. Este mismo cuestionamiento se repite en novelas como Yo, robot y El hombre bicentenario, de Isaac Asimov —también llevadas al cine—, o en la más reciente No soy un robot, de Juan Villoro, una reflexión sobre la manera en que lo digital transforma nuestras vidas y nuestras relaciones humanas.

Pese a los contextos adversos, hay quienes se mantienen optimistas frente al desarrollo y la gratuidad de la inteligencia artificial. Uno de ellos es Bill Gates, cofundador de Microsoft, quien sostiene que la revolución digital y el acceso gratuito a la IA pueden beneficiar a los países con menos recursos. Según Gates, «contar con médicos a los que podamos consultar las veinticuatro horas sobre nuestra salud física y mental» o permitir que «los más pobres de África consulten desde su teléfono qué abono añadir a su tierra cambiará el mundo».

Se trata, sin duda, del uso mejor intencionado de esta tecnología. Sin embargo, la existencia de programas o aplicaciones capaces de recibir una lista de síntomas y diagnosticar cáncer u otras enfermedades degenerativas resulta inquietante. Cabe preguntarse si esto no desalienta a estudiantes de medicina y de otras disciplinas, al saber que tanto el diagnóstico como la posible cura podrían ser determinados por otra instancia, quizá con un margen de error similar —o incluso menor— al humano.

Un razonamiento parecido expresó un joven director de cine al sorprenderse de que muchos de sus colegas mexicanos estén rezagados en  el uso de la IA. Él mismo afirmó escribir sus guiones con esta herramienta y, al preguntársele si no consideraba esto una estafa, respondió que no: la IA existe y hay que utilizarla. Aseguró que la calidad de  la respuesta depende de la precisión de la solicitud, pues —dijo— «si tu bagaje es miope, tu petición será muy pobre y la respuesta de la IA será igual de limitada».

La pregunta inevitable es: ¿quién es el autor de ese guion? Podría decirse que lo son miles o millones de personas que alimentaron el algoritmo, y también el propio usuario, en la medida en que intervino para obtener el resultado. Sin embargo, el guion llevará en los créditos un solo nombre. ¿Estamos frente a un conocimiento comunitario puesto al servicio de todos?, ¿o ante una herramienta capaz de suplantarnos y poner en duda la noción misma de autoría y de identidad? ¿Nos obliga la IA a pensar nuevas formas de convivencia? ¿Qué tan preparados estamos para una libertad de esta magnitud? ¿La inteligencia artificial democratiza el conocimiento y fomenta la creatividad, o redefine sus límites?

Tener que probar que uno es quien dice ser tras la pérdida de un teléfono celular o de una credencial de elector; descifrar imágenes y letras para probar que «no soy un robot»; proporcionar claves alfanuméricas a una voz automatizada para solicitar un servicio bancario y no titubear en las respuestas porque el sistema puede bloquearte y convertirte en el principal sospechoso: son situaciones que no imaginábamos presenciar y para las que, hoy más que nunca, resulta necesaria una guía —aunque no siempre lo creamos— en este mar digital.

Pretender que estamos preparados para engañar al algoritmo es tan ilusorio como pensar que no cae- remos en el juego de una tarjeta de crédito: basta una firma para comprar lo que deseo; basta un clic para salir de la ignorancia. Ya no importa si lo dijo un científico, un divulgador o un filósofo. Si antes la fuente —quién lo dijo— era lo relevante, hoy con- fiamos en que la IA ofrecerá la respuesta correcta. La pregunta inevitable es otra: ¿cómo reconocer la falsa?.