Tomate radiactivo
Vilma Domínguez

La aplicación se instaló un 7 de enero. Le di abrir por curiosidad. Por logo tenía un tomate verde fosforescente con fondo negro. Al abrirla se desplegaban solo dos opciones dentro de un rectángulo; la primera decía «ay qué bonito Paseo del Centenario» y la segunda «home run». Quise salirme, pero todas las funciones de mi teléfono estaban bloqueadas; sonreí antes de dar clic: seguro era alguna propuesta publicitaria novedosa, el lema de algún nuevo producto o alguna campaña del Gobierno. Se actualizan, bien por ellos, pensé.
La sorpresa vino después. Aquella aplicación no solo aparecía en mi celular, también se le descargó a mi madre, a mi tío y a mi esposo. Estábamos en la sala, preparándonos para cenar, cuando escuchamos las ambulancias. Eran muchas, yo diría que más de veinte. Mi madre prendió la televisión. Ahora todo estaba más claro, y al mismo tiempo, todo era más confuso que nunca: «No han dado cifras, pero se habla de más de setenta personas muertas en el estadio de beisbol. Se le adjudica la masacre al Cártel de Sinaloa. El Gobierno estatal pide no utilizar sus teléfonos por el momento».
Los minutos pasaron, las ambulancias y patrullas no cesaban y en las noticias se colaba uno que otro detalle extra: «El ataque se dio con decenas de drones, el estadio estaba repleto debido al juego entre Mazatlán y Culiacán. No hay detenidos hasta el momento. La población reporta que es imposible desinstalar la aplicación Tomate Radiactivo, como la han nombrado en redes sociales; temen por sus datos y por la relación entre los actos delictivos y una posible encuesta que los detonó. Por su parte, el Gobierno aclara que ya está trabajando con especialistas tecnológicos para resolver la situación. Hoy las miradas se centran en Sinaloa».
—¿Nosotros lo decidimos?
—Claro que no, ellos ya tenían planeado el blanco, y esto solo es para generar más miedo.
—¿Y si no? ¿Y si al momento de dar clic mandamos matar, de alguna manera, a esas pobres gentes?
Mi madre comenzó a llorar. Yo quería hacerlo, pero me contuve: ¿una nueva forma de terrorismo?, ¿no volver a salir de casa?, ¿las personas del estadio darían clic también, eligiendo su propio desenlace mortal? El silencio se hizo abisal en el comedor. Al parecer aquellas preguntas y otras más rondaban en la mente de mi familia, pues durante varios minutos lo único que se escuchó fue el sonido de las ambulancias y las patrullas.
Las horas en el puerto avanzaban sobre el caos. El vecino empacó sus pertenencias más importantes, y él y su esposa se subieron a su camioneta blanca como si huyeran de un huracán. Los rezos de doña Luli brincaban el porche y se metían por la ventana. Había muchas motos ―seguramente arrojadas desde las habichuelas―, motos sonando de un lado a otro, como panal de abejas.
No podíamos solo olvidarnos del asunto y seguir con nuestra vida. La aplicación seguía ahí, cuestionándonos, haciendo aterrador el objeto más utilizado de la casa. Mi madre sugirió ponerlos todos en una caja y dejarlos en la cochera hasta que dieran nuevas en la tele, por si escuchaban por los micrófonos. Accedí, aunque no creía que nada de lo que pudiéramos decir les importara.
—¿Y cómo sabré si se suspenden labores?
—Por las noticias, ahí darán razón.
Aquella fue una semana de terror y de aislamiento. Se presentaron cuatro nuevas encuestas de las cuales no fuimos partícipes, cuatro nuevas balaceras y miles de muertos. ¿Qué ganan los narcos al hacer elegir a la población quién debe morir? Aquella era una tomada del pelo, cruel y despiadada. La gente huía despavorida si la pista apuntaba al lugar en el que estaba. Nosotros no salíamos. Fue como regresar a la infancia, a aquella época en que lo único tecnológico era la televisión. El sábado por la mañana sacamos nuestros teléfonos de la caja de madera. Los titulares alababan a los hackers mexicanos y extranjeros. Regresamos a las antiguas costumbres, sin drones, sin pistas, pero con la certeza de que ya no hay lugar seguro en la ruleta rusa que llamamos país, y con las manos ensangrentadas a la fuerza.